Estaba escrito en letra cursiva inclinada hacia la derecha, con tinta azul de pluma, en la primera página de un libro polvoriento y abandonado. Una dedicatoria peculiar, creí; pero llamó mi atención. Tomé el libro y entró perfectamente en el bolsillo de mi campera. Afuera estaba lloviendo, hacía frío y había mucho viento. Estuvo así todo el día, y las zapatillas de tela que llevaba puestas permitieron que el agua traspase mis medias y llegue hasta mis pies.
Cada suspiro generaba vapor, como humo, y me dieron ganas de fumar un cigarrillo durante la caminata hacia subte. Cuatro cuadras serían hasta Santa Fe, esquivando humanos, paraguas y charcos. Pan comido. Me puse mi boina especial para la lluvia, los auriculares, le puse play a Fever Dog de Stillwater, prendí el Phillip, y volví a enfrentarme a la tempestad.
Una vez en el subte, parada, surfeándolo, saqué el libro de mi bolsillo. La tapa y contratapa eran de un color rojizo gastado, y sucio. Tenían las puntas dobladas; y las hojas internas también. Sin información del autor por ninguna parte, ni una sinopsis, ni críticas. Tampoco tenía índice, ni siquiera el nombre o logo de alguna editorial. Sólo un título en la tapa, escrito con la tipografía clásica de máquina de escribir, en minúscula, y en color negro; que leía: generación v.
Paró el subte, puse el libro en mi bolsillo y me tuve que bajar. Nunca paró de llover, pero ya me había mojado tanto que mojarme más era imposible. Crucé la plaza de Facultad de Medicina y caminé tres cuadras hasta mi casa. Llegué; me saqué la ropa empapada, me puse el pijama antes de lo usual, llené la pava y la puse en el fuego. Elegí las pantuflas de lana hechas por mi madre, preparé el mate, puse el agua en el termo, y me senté en el escritorio. Me puse los anteojos y empecé a investigar el libro.
Me cebé un buen mate y me prendí otro cigarrillo. Un gato aprovechó la situación y se sentó en mis piernas. Le bajé el volumen a Animal Planet, pero no lo apagué porque el otro gato estaba mirando desde la cama. Abrí el libro y hojeé sus páginas, eran color ocre de lo antiguo y algo frágiles. Recuerdo que me encantó el olor que salió de él, junto al sonido de la lluvia, y la sensación del ronroneo del gato.
Disfruté el momento por más corto que fue, por lo único que fue. Especial, e irrepetible. Volví a pasar las páginas rápidamente, como si barajara un mazo de cartas o abriera un ejército de abanicos; para volver a sentir ese olor. Para grabar la situación entera en mi memoria. Noté que estaba dividido en capítulos con titulares misteriosos, o poéticos, o metafóricos. Como por ejemplo: LOS DESCENDIENTES, VERDADEROS INMORTALES, EFECTOS SECUNDARIOS, HUMANIZACIÓN ELEMENTAL, ASESINOS OPCIONALES; entre otros.
Escuché el ruido de las llaves en la cerradura, entró mi mujer y cerré el libro; me saqué los lentes y le di un buen beso. Nos pusimos a cocinar unos fideos, con una salsa a la crema y mucho queso de rallar; y en equipo, comimos, levantamos la mesa, lavamos los platos y barrimos. Después conversamos. Sentadas en la mesa, fumando un cigarrillo cada una, nos contamos de nuestro día, y hablamos de alguna que otra cuestión existencial. Típico nuestro. Por una razón que aún no puedo explicar, no le mencioné el libro.
Escuché el ruido de las llaves en la cerradura, entró mi mujer y cerré el libro; me saqué los lentes y le di un buen beso. Nos pusimos a cocinar unos fideos, con una salsa a la crema y mucho queso de rallar; y en equipo, comimos, levantamos la mesa, lavamos los platos y barrimos. Después conversamos. Sentadas en la mesa, fumando un cigarrillo cada una, nos contamos de nuestro día, y hablamos de alguna que otra cuestión existencial. Típico nuestro. Por una razón que aún no puedo explicar, no le mencioné el libro.
Rosario Grasset

