martes, 6 de septiembre de 2016

prólogo - generación v


Estaba escrito en letra cursiva inclinada hacia la derecha, con tinta azul de pluma, en la primera página de un libro polvoriento y abandonado. Una dedicatoria peculiar, creí; pero llamó mi atención. Tomé el libro y entró perfectamente en el bolsillo de mi campera. Afuera estaba lloviendo, hacía frío y había mucho viento. Estuvo así todo el día, y las zapatillas de tela que llevaba puestas permitieron que el agua traspase mis medias y llegue hasta mis pies. 

Cada suspiro generaba vapor, como humo, y me dieron ganas de fumar un cigarrillo durante la caminata hacia subte. Cuatro cuadras serían hasta Santa Fe, esquivando humanos, paraguas y charcos. Pan comido. Me puse mi boina especial para la lluvia, los auriculares, le puse play a Fever Dog de Stillwater, prendí el Phillip, y volví a enfrentarme a la tempestad.

Una vez en el subte, parada, surfeándolo, saqué el libro de mi bolsillo. La tapa y contratapa eran de un color rojizo gastado, y sucio. Tenían las puntas dobladas; y las hojas internas también. Sin información del autor por ninguna parte, ni una sinopsis, ni críticas. Tampoco tenía índice, ni siquiera el nombre o logo de alguna editorial. Sólo un título en la tapa, escrito con la tipografía clásica de máquina de escribir, en minúscula, y en color negro; que leía: generación v. 

Paró el subte, puse el libro en mi bolsillo y me tuve que bajar. Nunca paró de llover, pero ya me había mojado tanto que mojarme más era imposible. Crucé la plaza de Facultad de Medicina y caminé tres cuadras hasta mi casa. Llegué; me saqué la ropa empapada, me puse el pijama antes de lo usual, llené la pava y la puse en el fuego. Elegí las pantuflas de lana hechas por mi madre, preparé el mate, puse el agua en el termo, y me senté en el escritorio. Me puse los anteojos y empecé a investigar el libro.

Me cebé un buen mate y me prendí otro cigarrillo. Un gato aprovechó la situación y se sentó en mis piernas. Le bajé el volumen a Animal Planet, pero no lo apagué porque el otro gato estaba mirando desde la cama. Abrí el libro y hojeé sus páginas, eran color ocre de lo antiguo y algo frágiles. Recuerdo que me encantó el olor que salió de él, junto al sonido de la lluvia, y la sensación del ronroneo del gato. 

Disfruté el momento por más corto que fue, por lo único que fue. Especial, e irrepetible. Volví a pasar las páginas rápidamente, como si barajara un mazo de cartas o abriera un ejército de abanicos; para volver a sentir ese olor. Para grabar la situación entera en mi memoria. Noté que estaba dividido en capítulos con titulares misteriosos, o poéticos, o metafóricos. Como por ejemplo: LOS DESCENDIENTES, VERDADEROS INMORTALES, EFECTOS SECUNDARIOS, HUMANIZACIÓN ELEMENTAL, ASESINOS OPCIONALES; entre otros.

Escuché el ruido de las llaves en la cerradura, entró mi mujer y cerré el libro; me saqué los lentes y le di un buen beso. Nos pusimos a cocinar unos fideos, con una salsa a la crema y mucho queso de rallar; y en equipo, comimos, levantamos la mesa, lavamos los platos y barrimos. Después conversamos. Sentadas en la mesa, fumando un cigarrillo cada una, nos contamos de nuestro día, y hablamos de alguna que otra cuestión existencial. Típico nuestro. Por una razón que aún no puedo explicar, no le mencioné el libro.




Rosario Grasset