martes, 23 de mayo de 2017

rótulo

A veces la gente siente la necesidad de definirnos de alguna manera. Ponernos en un rubro, en un área. Tal vez sea para saber dónde ubicarnos, una simple cuestión de orden. Para elegir en qué categoría archivarnos. Pero no es tan simple como suena, etiquetar a una persona. Cada vez que crees saber quién, o qué es, cambia. Él, ella, o tu punto de vista. Se reemplaza una etiqueta por otra e incluso surgen nuevos términos. Para los híbridos de rubro, que inauguran títulos. Hay algunos que son lo que uno cree, pero también son algo más. O quizás no son ni una cosa ni la otra. O un poco de todo, en definitiva. Por ejemplo: yo puedo afirmar que soy heterosexual, y sentirme ocasionalmente atraída por alguna mujer. O casarme con una mujer pero decir que no soy lesbiana; porque, ocasionalmente, me puede atraer un hombre. Podría decir que soy bisexual y pansexual, sin mentir. Aunque también soy monógama, siendo liberal. Pacifista rebelde, pasiva, inquieta y curiosa. Un cuarto cristiana, un cuarto budista y medio atea. En ese caso, tal vez mi categoría es mi edad y mi origen geográfico. O mi idioma natal, mi sexo. Pero no sé cuánto les diga eso de mí. No sé si me representa como individuo. Me gustaría poder ahorrarles el trabajo de intentar definirme. A mí, y a todos los seres humanos que habitan éste planeta. Más vale que cada uno se defina a sí mismo, cuándo y cómo pueda. Los invito a conocer a las personas en profundidad, sin otro fin. Solo por el placer de poder hacerlo.


Rosario Grasset

miércoles, 3 de mayo de 2017

el león y su presa

Es de noche. Invierno. Una joven entra a la Clínica acompañada por una enfermera. Primero le muestra el comedor, luego el patio. Hay otros tres pacientes fumando su último cigarrillo, y un mazo de cartas españolas en la mesa. Se presentan, e intercambian un par de palabras que hoy en día no tienen importancia. Ella aprovecha para fumar uno antes de ir a su habitación. Hace frío. Al terminar, vuelve a cruzar el patio para encontrarse con la famosa escalera caracol hecha a base de rampas. Una especie de rampa caracol. Todo es gris, con algunos tonos de color pastel en las paredes. En el cuarto piso, pasando una puerta con código de seguridad y una garita de enfermeras, está su habitación. Deja sus cosas en un ropero, y la llaman a cenar. Hay un segundo comedor, más pequeño, con siete u ocho nuevos personajes. La joven, novata, no sabe cómo interactuar en su primer noche. Pero improvisa bastante bien. Le llama la atención una mujer con cara (y actitud) de león. Parece salvaje, indomable, rebelde sin causa. Su energía es intensa, indiscutible. Sus ojos, azul profundo. Después de comer, la chica nueva vuelve a su cuarto. Se acuesta a los pies de su cama, cruzada, horizontal; y deja colgar su cabeza por el borde. Mira todo al revés por un momento. Se abre la puerta y entra su compañera de cuarto. La mujer león. Se sienta en la cama contigua y la mira a los ojos por un segundo. Ninguna se mueve, hasta que el felino se acerca y le da un beso. Sin emitir palabra. Sin razón, y sin testigos.