A veces la gente siente la necesidad de definirnos de alguna manera. Ponernos en un rubro, en un área. Tal vez sea para saber dónde ubicarnos, una simple cuestión de orden. Para elegir en qué categoría archivarnos. Pero no es tan simple como suena, etiquetar a una persona. Cada vez que crees saber quién, o qué es, cambia. Él, ella, o tu punto de vista. Se reemplaza una etiqueta por otra e incluso surgen nuevos términos. Para los híbridos de rubro, que inauguran títulos. Hay algunos que son lo que uno cree, pero también son algo más. O quizás no son ni una cosa ni la otra. O un poco de todo, en definitiva. Por ejemplo: yo puedo afirmar que soy heterosexual, y sentirme ocasionalmente atraída por alguna mujer. O casarme con una mujer pero decir que no soy lesbiana; porque, ocasionalmente, me puede atraer un hombre. Podría decir que soy bisexual y pansexual, sin mentir. Aunque también soy monógama, siendo liberal. Pacifista rebelde, pasiva, inquieta y curiosa. Un cuarto cristiana, un cuarto budista y medio atea. En ese caso, tal vez mi categoría es mi edad y mi origen geográfico. O mi idioma natal, mi sexo. Pero no sé cuánto les diga eso de mí. No sé si me representa como individuo. Me gustaría poder ahorrarles el trabajo de intentar definirme. A mí, y a todos los seres humanos que habitan éste planeta. Más vale que cada uno se defina a sí mismo, cuándo y cómo pueda. Los invito a conocer a las personas en profundidad, sin otro fin. Solo por el placer de poder hacerlo.
Rosario Grasset

