Pocos comprenden a los empáticos. Pocos tienen esa consideración. Duele vivir en éste planeta de los simios dónde todos tienen ojos pero sólo algunos saben ver. Mientras tanto, los cínicos se divierten, los indiferentes se relajan, los empresarios compran y venden. El mundo gira, el dinero reina, los intelectuales invierten, gastan, y diagraman estrategias. El poderoso pisa a los humildes como si fueran escalones, y el amor verdadero está en peligro de extinción porque la mayoría de las personas lo mezcla con la posesión. Algo extremadamente contradictorio, pienso yo.
En una Tierra donde ser sensible se considera un defecto, una debilidad, y ser ambicioso, una virtud; las prioridades varían según la población y su educación. El consejo popular te lleva a ser protagonista, a ubicar tu ego sobre el de los demás. A ser frío y calculador, profesional. La competencia es moneda corriente, un idioma universal. Y para ser el mejor debés exponer a otros, a quienes denominás: los peores. Así llegás a la cima, así sos exitoso. Ahora podés ser el más limpio de los sucios. El más rico de los pobres. Mientras tanto, el inseguro limita a su amado, el presidente baila cumbia en las noticias internacionales, el calentamiento global elimina al invierno, y los misiles sobrevuelan sobre las cabezas de los civiles.