CRÓNICAS DE UN MOMENTO CUALQUIERA
Música de fondo, polvo en la máquina de escribir. Los gatos se acuestan sobre todo lo que uso. Y sobre mí. La tele ilumina en mudo. Brilla. Mi mamá se queja por teléfono, y planea cosas. El encendedor hace chispa pero no prende, el mate está lavado y extra dulce. Yo quiero escribir una historia y no sé por dónde empezar. Muchos cigarrillos. Y nada. La realidad es que hay mucho para decir, y no alcanzan las palabras. Ni los cigarrillos.
Tanto pasa en nuestra mente que no decimos. Tanto que al abrir las puertas, nuestras ideas se descontrolan, y se desordenan. Se hace difícil compartirlo. Se puede malinterpretar. Yo respeto a las palabras. Me detengo frente a la máquina. Releo. Redundante; pienso. Muchas vueltas. Otro cigarrillo.
Para contar ésta historia recurro a mis recuerdos. No tengo tan buena memoria. Me remito a lo esencial. Conocí a ciertas personas muy interesantes, en una época más interesante aún. Me enseñaron cosas importantes, y otras experimentamos en carne propia. Compartimos nuestro tiempo. Convivimos de alguna u otra forma. Pero sólo una de esas personas logró ser inmortal. Todo en ella me resulta admirable, y agradezco haberla conocido.
Me invitó a su casa antes de conocerme. Fue pura y transparente. Original. Abierta de mente (de-mente) y de espíritu. Muy poco convencional y a la vez clásica. Me dijo frases que nunca olvidaré. Era como una guerrera de luz. Armoniosa. En fin. Me abrió las puertas y me convirtió en una mejor persona. Una mejor versión de mí misma. Siento la responsabilidad de compartirlo, porque hay mucha gente en el mundo, y no todos tendrán la suerte de conocerla. Sí tal vez a alguien similar, y en ese caso, estén atentos.
Abrió las puertas de su casa; retomo. Entré. Poco a poco fui descubriendo un mundo diferente, dentro de éste mismo. Uno sutil, casi imperceptible. Y está lleno de nuevos caminos. Procedo entonces a compartir sus enseñanzas:
UN NUEVO MOMENTO
Al día siguiente.-
Medio cigarrillo pre-ducha. Busco una de esas epifanías de baño que a veces sorprenden. El sonido del agua y el ritual de limpieza siempre me fascinó. Y muchas veces me inspiró. Mi ropa se resume en dos toallas. Una en la cabeza, y una en la cadera. Me prendí un nuevo cigarrillo. Me pregunto si serán muchos ya, consumidos en un día. Me respondo que sí. Estaré nerviosa. Me justifico. No tengo ganas de apurarme. Esa es la realidad. Quiero fluir en libertad. Sin embargo la vida, a veces, lo exige. Lo demanda, muy naturalmente.

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