Una mujer entra al baño, prende
la luz, y se empapa la cara con agua fría. Se la enjuaga por unos segundos,
casi sumergiéndose, y se mira al espejo. Espera ver su cara de dormida,
clásica, hinchada, pero hoy no está. Hoy la mira otra mujer, y así el espejo se
transforma en una ventana. Ambas están en el baño, despeinadas, y recién
despiertas. Ambas se preguntan si están soñando. Quieren decir algo; sus labios
se mueven al mismo tiempo pero no se entienden las palabras. Es como si
intentaran hablar debajo del agua. Siguen mirándose a los ojos. Ya no hay nada
más que decir. Intentan tocarse las manos, las yemas de los dedos, se mueven despacio;
pero el vidrio las separa, no pueden sentirse. Deciden lavarse los dientes: Dudan,
agarran el cepillo y la pasta, se miran, ponen la pasta en el cepillo, se
miran, meten el cepillo en sus bocas, gesticulan con el ceño; espuma, cepillada,
más espuma, y se enjuagan la boca dos veces cada una. Ambas suspiran al
terminar, y se secan la boca con el brazo en vez de la toalla. Vuelven a
mirarse, cierran fuerte los ojos, y al abrirlos vuelven a ver a la otra. Lo
hacen otra vez; se enjuagan la cara con agua fría, mucha agua fría, y una vez
más miran al espejo, transformado ahora en una especie de ventana debajo del
agua. No entienden. Hacen el mismo gesto; y mantienen la mirada unos segundos
más antes de volver a ser una. Sale del baño a poner la pava para empezar el
día. Cuando cae la noche, la mujer entra a su habitación. Se desnuda prenda a
prenda dejando sólo su bombacha. Se mete en la cama, se tapa hasta los hombros,
y justo antes de dormir piensa en esa mujer que vio en la ventana del baño.
Ella no lo sabe aún, pero mañana sucederá otra vez.
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