Es de noche. Invierno. Una joven entra a la Clínica acompañada por una enfermera. Primero le muestra el comedor, luego el patio. Hay otros tres pacientes fumando su último cigarrillo, y un mazo de cartas españolas en la mesa. Se presentan, e intercambian un par de palabras que hoy en día no tienen importancia. Ella aprovecha para fumar uno antes de ir a su habitación. Hace frío. Al terminar, vuelve a cruzar el patio para encontrarse con la famosa escalera caracol hecha a base de rampas. Una especie de rampa caracol. Todo es gris, con algunos tonos de color pastel en las paredes. En el cuarto piso, pasando una puerta con código de seguridad y una garita de enfermeras, está su habitación. Deja sus cosas en un ropero, y la llaman a cenar. Hay un segundo comedor, más pequeño, con siete u ocho nuevos personajes. La joven, novata, no sabe cómo interactuar en su primer noche. Pero improvisa bastante bien. Le llama la atención una mujer con cara (y actitud) de león. Parece salvaje, indomable, rebelde sin causa. Su energía es intensa, indiscutible. Sus ojos, azul profundo. Después de comer, la chica nueva vuelve a su cuarto. Se acuesta a los pies de su cama, cruzada, horizontal; y deja colgar su cabeza por el borde. Mira todo al revés por un momento. Se abre la puerta y entra su compañera de cuarto. La mujer león. Se sienta en la cama contigua y la mira a los ojos por un segundo. Ninguna se mueve, hasta que el felino se acerca y le da un beso. Sin emitir palabra. Sin razón, y sin testigos.
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