domingo, 26 de julio de 2015

buscando inspiración; vol. 1

Una mujer está sentada, cansada, frente a la pantalla de su notebook. Mira una página en blanco del Word, y piensa. Sus dedos permanecen quietos, apoyados sobre el teclado. Su ceño está fruncido. Quiere escribir pero no sabe por dónde empezar. Afortunadamente, no está sola. En su mono-ambiente, también conocido como “el Refugio”, hay una segunda mujer. Es morocha; pequeña de tamaño y gigante de corazón. Es ella quién la ayuda a salir del bloqueo monótono que la acecha. Por eso le habla, y charlan un poco. Siempre les gustó conversar. Pronto cada una vuelve a lo suyo. La primera vuelve la mirada a la página en blanco, mientras que la segunda se acuesta en la cama. Está boca abajo. Sus pies bailan en el aire. Se le acerca un gato. Callejero. Tiene una distintiva mancha negra que bordea su ojo como un parche de pirata. Su pelo es largo, pero no tanto; mitad blanco, mitad negro. El felino intenta seducirla. Lo hace. Juegan y se miman. La aspirante a escritora la mira sin que ella se de cuenta. Está cantando en voz baja una canción de Los Piojos mientras revisa su celular. Continúa mirándola por un momento, y escribe: Poner en palabras los sentimientos es contradictorio. Lo que se siente no se puede leer, ni escribir. Sólo se puede intentar explicar. Solemos hablar sobre cosas que sabemos a medias. Sobre pensamientos; síntomas, obstáculos y metas. Nuestro trayecto y sus desafíos. Verdades personales, placeres e ideas. Sensaciones. Contamos historias para que ilustren una imagen. Describimos situaciones, momentos, y personajes; compartimos experiencias. Tiempo. Y aún intentamos explicar nuestros sentimientos… Entonces, aparece el arte.

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