lunes, 20 de julio de 2015

la camarera; vol. 1

Entra al hotel en el primer turno. A las 5:30 am, luego de apagar el primer cigarrillo de la mañana. Aún es de noche, en realidad, es muy temprano para el sol. Ella fuma con cierto nerviosismo anticipado. Pisa la colilla con sus converse, y entra. Hay sólo dos personas a quienes saludar. El señor de seguridad y el chico de Recepción. Lo hace, y se apura hacia el vestuario. Trota. Al entrar, su ropa procede a ser revoleada. La que tiene sale rápido mientras que el uniforme toma el control. Sólo las medias de nylon permanecen. Se cambia la remera por la camisa; el jean por el pantalón. Agarra los zapatos, pero vuelve a ponerse las zapatillas. Se maquilla lo más rápido posible, pero sutil. Sólo corrector de ojeras, delineador líquido en la parte superior del párpado, y rímel. Lo básico. Se ata el pelo. Usa entre 5 y 7 hebillas “invisibles” para controlar la rebeldía de su flequillo. Se lava los dientes, se pone colonia para bebés, guarda todo, cierra su locker, y se pone el delantal. Se lleva los zapatos en una mano, y una pequeña mochila con lo esencial en la otra: un par de biromes, su fiel anotador, un destapador-sacacorchos, su celular en “silencio”, cigarrillos, encendedor, y manteca de cacao con sabor a cereza. Sale del vestuario y se dirige al Restaurant. Se siente preparada para lo que viene. Capacitada para manejar la situación. Fuerte. Desayuno continental para cien huéspedes, y ella recién está abriendo las cortinas. Pone en su bolsillo derecho las biromes, el anotador, y el destapador. En el izquierdo, lo personal: su celular, y la manteca de cacao. Esconde los zapatos y lo demás debajo de la barra. Abre la caja, los candados, y las heladeras. Son las 6 am.; y piensa: esto recién empieza… Entonces emerge su alter-ego. Su propia versión de Clark Kent, que bien sabe disimular, para insertarse en la sociedad.

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