martes, 21 de abril de 2015

elsa; vol. 1

Una joven ingresa al pabellón. No es muy grande el espacio. Tampoco tan chico. Hay diez camillas tipo hospital. Siete personas las ocupan. Ocho con la joven que entró nerviosa. Inhibida. Una de las tres enfermeras la guía. Las otras dos charlan en un puesto de vigilancia. Tiene un ventanal esquinero que permite observar toda la habitación. Es un lugar llamado Cuidados Especiales. La enfermera lleva a la nueva integrante al baño. La hace desnudar. El corpiño está prohibido. Porque tiene aros. Los cordones de las zapatillas tampoco se permiten. Y la joven tiene algunos piercings. Tampoco van. El último que se hizo es el del pezón. No quiere sacárselo. Teme que se cierre. No quiere perderlo ni volver a pasar por ese dolor. Pero lo hace. Se lo saca; es obligatorio. Esa misma noche la conoce a Elsa, alias, "el Yeti". Es alta como una amazona. De hombros anchos y pelo mitad blanco mitad negro. Despeinado, largo, ondulado, y electrizado. Camina como un zombie, con la mirada perdida, y paso constante pero lento. Como sonámbula. La novata, primeriza, dice sus primeras palabras al pedir su cepillo de dientes (confiscado) y pasta (ídem). Se dirige al baño, que no tiene espejo por cuestiones de seguridad, pero está ocupado. Elsa está adentro.
RG

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