Hay una chica de quince años que no quiere ir al colegio. Le da miedo. Fobia. No se siente cómoda, sino desubicada. Definitivamente no quiere ir, pero no tiene excusa. Es invierno. Pleno Julio. Lo piensa un rato mientras se va despertando, decide cambiar los libros por una almohada. Cierra su mochila, y se pone el uniforme con más abrigo de lo usual. Se dispone a salir; saluda a su madre, abre la puerta, y se sube al ascensor. Pero no marca Planta Baja, sino el piso diez. Al llegar sube unas últimas escaleras, encuentra una puerta, y sale a la terraza del edificio. Allí se acuesta en el suelo de cemento, con su almohada. Se cierra la campera y se dispone a dormir. A las dos horas, aproximadamente, se despierta porque el encargado del edificio le estaba hablando. Se asusta y baja. Sale a la calle a dar vueltas y hacer tiempo. Tiene que aguantar hasta que sea el momento de volver a su casa. Esa vez, todo le sale relativamente bien. Así que repite la acción (o conducta), algunas veces más, pero modificada para evitar al encargado. En la terraza hay más escaleras. Hacia lo más alto. Un pequeño espacio, como una pequeña torre. Hay algunos cables y antenas; no hay rejas ni barandas. Sólo eso, y su suelo de cemento. Su idea es que el encargado no la encuentre. Y ahí nunca podría pasar. Está a salvo, con su almohada y su campera bien cerrada. Intenta dormir, pero cada tanto mira en el edificio de un banco, la hora y la temperatura. Sólo eso, y el cielo.
RG
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